acf domain was triggered too early. This is usually an indicator for some code in the plugin or theme running too early. Translations should be loaded at the init action or later. Please see Debugging in WordPress for more information. (This message was added in version 6.7.0.) in /home/ltnext/eternoscampeones.acunaviera.com/wp-includes/functions.php on line 6170wp-migrate-db domain was triggered too early. This is usually an indicator for some code in the plugin or theme running too early. Translations should be loaded at the init action or later. Please see Debugging in WordPress for more information. (This message was added in version 6.7.0.) in /home/ltnext/eternoscampeones.acunaviera.com/wp-includes/functions.php on line 6170El año 88 por ahí, pretemporada que hicimos, estaba Arturo Salah, en una fuimos a Rocas de Santo Domingo, y estaba de moda la telenovela Abigaíl. Y parece que (Cheíto) era el hermano de la pareja de Abigaíl que tenía el pelo corto. Y yo en esa época tenía el pelo largo, que era la moda… Choco Panda. Y llegué a esa pretemporada con el pelo corto. Me lo corté, con copete, súper cortito. Y Miguel Vargas, un compañero de la época me dice ‘oye, te pareces a Cheíto’. Y de ahí en adelante no me saqué el apodo. Nunca me gustó y me tuve que acostumbrar: Cheíto.
Yo no era de salir a carretear, no era de tomar o de fumar. Nunca tuve esos vicios. Lo mío fue siempre el deporte, las exigencias, y si me metía a hacer algo, con la educación que me dieron mi padre y mi familia mi pensamiento fue ‘si vas, sé, hazlo apasionadamente, hazlo al cien. Si no, no lo hagas’.
Sentía que le podía pasar por arriba a cualquiera. Me sentía veloz, me sentía potente, sentía que podía saltar y ganar los cabezazos a cualquier rival que tuviera, fuera más alto o más bajo que yo. Tenía una confianza tremenda de que la preparación que había tenido, que había hecho en la pretemporada, me iba a hacer marcar una diferencia tremenda.

“Miguel Vargas, un compañero de la época me dice ‘oye, te pareces a Cheíto’. Y de ahí en adelante no me saqué el apodo”.
El profe Marcelo Oyarzún nos exprimió. Mirko con lo táctico nos entregó distintas formas de ver el fútbol y nos hizo modificar nuestro sistema. Entonces se juntaron muchas situaciones que cambiaron la metodología de trabajo, la forma de jugar, y las formaciones, por supuesto.
Llegó un momento en que nos decíamos, al ir bajando por el túnel cuando nos tocaba un partido, “muchachos, tranquilo, es cuestión de tiempo”, porque sabíamos que en el Monumental, en cualquier momento, el Negrito Salgado hacía un gol, Dabrowski hacía un gol, Barti desequilibraba por una de las dos bandas, o Rubén Espinoza metía un tiro libre.
Salir del barrio, de Lo Prado, para ir a probarme a Colo Colo, el club que le apasionaba a uno de chico, llegar al Monumental y ver las canchas de entrenamiento llena de gente, 350 niños probándose para quedar… eso fue en marzo del 85. De los 350, pasaron tres meses donde se fueron haciendo más pruebas, iba pasando el colador y yo fui el único que quedó. Y fue un orgullo después estar entrenando en la primera infantil mientras en las canchas del lado entrenaba el primer equipo. Podía ver a los jugadores que veía desde la galería solamente, cuando iba a ver los partidos el fin de semana. Después, cuando llegué a primera infantil, me empiezo a poner objetivos. Mi objetivo era que me subieran a juvenil antes de terminar mi período de primera infantil, y eso lo logré. Y cuando llegué a juvenil, aquí dije me tienen que subir al primer equipo, este es mi objetivo. Y mi carrera fue súper rápida porque llegué el 85 a Colo Colo, a primera infantil, y el 88 debuté en primera división. Tres años pasaron.

“Mi carrera fue súper rápida porque llegué el 85 a Colo Colo, a primera infantil, y el 88 debuté en primera división”.
Esas dos horas de Lo Prado al Monumental, pasando por el centro, eso nunca se me va a olvidar. Porque cuando la micro pasaba por el centro, ese smog que se generaba y se juntaba dentro de la micro varias veces me hizo vomitar. Yo tengo una sensación bien fuerte con los olores. Un olor a mí me transporta al pasado, a algo que pasó o alguien con quien estuve, o alguna comida que me prepararon. Yo soy súper delicado con el tema del olfato, los olores. Entonces, cuando la micro pasaba por el centro, yo ya sentía el olorcito de smog en los pulmones. No lo pasaba bien en esos 15 o 20 minutos que demoraba la micro desde Los Héroes hasta Plaza Italia.

Si uno quería jugar y quería marcar diferencia y crecer, por supuesto, había que obedecer. Sí, siempre hubo mucho respeto. Y el que te gritaran, te putearan, te levantaran la voz, te insultaran, te sobaran el lomo, te dijeran ‘bien muy bien, es así’, es por el beneficio de uno. Y uno lo entiende así. Hay jugadores que a lo mejor no lo entienden. Por eso es muy difícil tratar a todos los jugadores de la misma manera. A unos los puedes putear, y a otros no. A uno lo puedes putear y lo puedes hacer reaccionar para bien. Pero a un jugador distinto con otra personalidad lo puteas y lo tiras para abajo, y se perdió el jugador y no hay nada que hacer. Por eso es importante conocer al más chico, conocer al jugador, conocer al compañero. Y eso lo hacía muy bien este equipo de Colo Colo cuando los más chicos subimos al primer equipo, porque se preocupaban mucho de que no nos faltara nada, se preocupaban de conversar, de alentarte, de incentivarte, de motivarte.

“Es muy difícil tratar a todos los jugadores de la misma manera. A unos los puedes putear, y a otros no”.
Fue Daniel Morón el que marcó ese clic. Fue en el partido contra los peruanos en el Monumental. Un cabezazo de Balán Gonzalez y una tapada de Daniel abajo, extraordinaria. Esa fue la tapada fundamental para sacarnos los fantasmas del año anterior, que en esa fase habíamos quedado eliminados contra Vasco da Gama. Entonces, pasando esa fase dijimos ‘se abrió esto y ahora nadie nos para’. Pero cuando sentí que estábamos para ganar la Copa Libertadores fue después de ganarle a Boca. Pero sí, fue un paso muy importante contra los peruanos.
A mí me pasó una vez que las piernas me temblaron. Una sola vez: cuando estábamos en el túnel para salir a jugar contra Boca. Porque La Bombonera es súper cerrada, chica, y no es que el estadio sea acostado: las galerías son bien paradas. Cuando todos cantan, cantan lo mismo. Y estábamos en el túnel, subimos la escalera, llegamos a la manga… dije aquí tengo dos opciones: o me cago y hago mi peor partido, o este va a ser el mejor partido de mi vida. Y lo único que quería era que me dieran la pelota para jugar, para soltarme. Y el primer balón siento que fue bueno. Tuve hasta la posibilidad de hacer un gol de cabeza, pasó súper cerca. Pero lo que no se me va a olvidar es cómo temblaba La Bombonera. Fue la única vez que sentí que las piernas me temblaban por el nervio y la presión que había para ese partido, pero sabía que necesitaba tocar la pelota para soltarme. Sí, eran dos opciones: o me cagaba o jugaba. Y jugué.
Rescato mucho lo que nosotros generábamos en la gente. Era increíble la cantidad de gente que nos acompañaba, que iba a despedirnos al aeropuerto, los que nos esperaban en la entrada del estadio o en el recorrido del bus, la cantidad de cartas que nos llegaban solicitando ayuda o felicitaciones. La caja de resonancia que tenía y tiene Colo Colo es tremenda, más estando en estas instancias. Entonces, por eso a uno lo golpea y fuerte, porque uno estuvo del otro lado también. A mí nunca se me olvida de dónde vengo, de donde salí. Eso lo tengo muy claro. Entonces, sé lo que se sufre cuando tu equipo pierde, sé lo que se sufre para poder generar dinero para ir al estadio y apoyar a tu equipo. Cuando se sintió ese silencio sepulcral después de perder contra Vasco da Gama, yo me ponía en la piel de la gente y decía ‘lo que deben estar sintiendo’. Si nosotros estamos destruidos, ‘lo que deben estar sintiendo ellos’. Pero cuando estábamos dando la vuelta olímpica al ganar la Copa Libertadores, veía las caras, los rostros de la gente, la felicidad de todos ellos, y me sentía reflejado en ellos porque yo también estuve del otro lado. Entonces, era una alegría doble para mí. Pero todo eso uno lo va dimensionando con el tiempo. Lo que significó ganar la Copa Libertadores, siento que nosotros lo fuimos valorando en la medida que pasaron los años.
]]>Fue una hermana de mi papá, que también vivía en Temuco, la que me colocó Chano. No sé cuáles fueron las razones. Pero todo el mundo, siempre, desde chico que me dicen Chano.
En Colchagua jugué el 77, y regresé a Colo Colo. Nuevamente me prestaron, el 78 me fui a Trasandino de Los Andes y volví. Y nuevamente me prestaron y me fui de nuevo a Deportes Colchagua.
Yo creo que el 81 empecé a ganar un poco más de dinero. Ahí se dio todo… fue súper rápido lo mío: titular en Colo Colo. Por una circunstancia me pusieron de lateral derecho. Y de ahí no salí más, me llamaron a la Selección, el 81 me eligieron el mejor jugador del año, me regalaron un auto. Yo estaba peleando el premio con Manolo (Manuel) Rojas, (Severino) Vasconcelos, Mario Osbén, Elías (Figueroa). Fue extraordinario el año. Me llamaron a la Selección… me acuerdo que llegó un telegrama a la casa cuando me citaron. Recuerdo que jugamos un partido contra Fluminense. Ganamos, por supuesto, y ahí empezó todo esto. Fue tan dinámico. Después eliminatorias, mundiales, y todo lo que vino después.

«En la lista del colegio era novedoso y feo llamarse Lizardo. Incluso tengo varios amigos y yo también les digo ‘a ti también te cagaron porque te pusieron Lizardo'»
Todo el mundo ha dicho que una de las características más importantes de este logro fue lo amigos que éramos. Más allá de ser nombres —porque éramos muchos nombres en ese equipo, éramos seleccionados nacionales — éramos hombres. La Copa Libertadores se ganó con hombres.
Era súper mesurado. Tú has visto que yo no tengo ninguna foto con la Copa Libertadores. No tengo. Y claro, estaba dando la vuelta olímpica, y hay una imagen en que terminan los festejos y todo el mundo saltando, y yo me ‘tiro’ rápido para ir al camarín. Yo quería estar solo un rato. Me fui atrás a la ducha, al sauna. Pensé en todos los esfuerzos que se habían hecho durante tanto tiempo. Un poco recordé mis inicios, lo que me costó, que al final se había cumplido la meta, y que todos los sueños que tuve algún día, se cumplieron. Todos, absolutamente todos. Fue un momento en el que me fui pensando en lo feliz que estaba mi gente y, en segundo lugar, lo feliz que estaba este país.

Uno tiene que aprender a vivir con esa pena nomás. Y la vida tiene que continuar, ¿cachai? Y bueno, mi mujer se fue… tenía 56 años. Cáncer brutal. Y claro, ella fue el pilar más importante de mi carrera. Yo estaba jovencito, 17 años, la conocí de 17 años. Hasta hace cuatro años estuve casado con ella. Me conoció jugando por Colchagua. Pero tengo el orgullo de que en mis años a ella le di todo lo que le podía dar, de amor, de cariño. Y ella, no tengo ninguna duda, fue más importante que mis hijos. Ella construyó y armó todo este cuento. Bonito. Pero la vida hace esto y ahora… nada. Mis hijos no están, se casaron, tienen treinta y tantos años… mi hijo el Francis no. Pero bien. Estoy contento con lo que está pasando, pero ella siempre está en la retina. Y no se me puede olvidar. Me hubiese encantado haberle dicho ‘mira, 30 años, esto es parte tuya. Esto te lo ganaste tú cuidando al Francis, que estaba con una enfermedad ‘cabrona’, y tú nunca me dijiste que estaba enfermo’. Por eso que me dio esa pena porque podría habérselo dicho a ella.

«Mi mujer se fue… tenía 56 años. Cáncer brutal. Y claro, ella fue el pilar más importante de mi carrera«
Colo Colo es parte de mi familia. No sé cuántos años llevaré en Colo Colo. Estuve en los momentos más difíciles. Participé directamente en la quiebra, también con el Bichi en los años más exitosos… no me he movido nunca de Colo Colo. Es mágico, es sagrado, es cultura, es gente. Después de mi familia, es todo. No tengo ninguna duda.
]]>Cuando llegué al aeropuerto, empecé ya a ver la magnitud que tenía Colo Colo porque había cien periodistas. Y el susto mío era mucho más grande. Después me enteré que habían vendido al Pájaro Rubio en 1,5 millones de dólares y a mí me habían comprado en 90 mil. Entonces, lo único que quería era que no empezara el campeonato porque si comparaban los precios… entonces, yo venía a reemplazar al Pájaro Rubio que, con la plata de su venta, terminaron el Estadio Monumental. Era como una superestrella en ese año. En esa época, 1,5 millones de dólares era una fortuna. Deberían ser como 15 millones de dólares ahora. Y bueno, ahí empecé a tomar la proporción al club, de que jugaba Copa Libertadores todos los años, que casi siempre salía campeón. Y para mí fue un honor empezar a jugar la Copa Libertadores.
Al momento que llegué, me empecé a empapar de la historia y de los equipos que habían perdido la final en Chile, que no podían ganar la Copa Libertadores. Llegaron a la final Unión Española, Cobreloa, Colo Colo, y la terminaban perdiendo. Entonces, cuando empezamos el 90, se empezó a hablar de que no podía ser, que no se podía ganar la Copa, y ahí como que se fue armando una bola de nieve en referencia a eso. Y en el 91, cuando empezamos a ganar, el comentario era que si llegábamos a la final no podíamos perderla. No podíamos quedar en la historia como, otra vez, que un equipo chileno hubiera perdido la final. Eso nos fue envalentonando y dando fuerzas.

“Al momento que llegué, me empecé a empapar de la historia y de los equipos que habían perdido la final en Chile, que no podían ganar la Copa Libertadores”
Yo me quería volver a Argentina. Hablé con Arturo Salah, le dije que extrañaba mucho, que me quería volver. Y Arturo me dijo que cómo me iba a ir si recién me habían fichado. Me pre-guntó: ‘¿No tiene a alguien para traer, que lo acompañe?’ A mi hermano justo lo habían echado de su trabajo, tenía 27 años, Y le dije: ‘Ale, venite, ¿me acompañás? Me dijo: ‘sí, voy’. Empezó a ir a los entrenamientos, empezó a caer bien, lo empezaron a querer. Hasta que un día, no sé si el Chano o Raúl Ormeño, hablaron con Nano Romero, el utilero, y le pidieron que le diera un canasto para que se vistiera y entrenara con nosotros. Y mi hermano, al final, tenía un canasto con el nombre de él y entrenaba con nosotros. Era uno más del plantel. Inclusive se concentraba conmigo en la pieza.

La dictadura yo la conocía, de cerca. En Argentina estuvimos en dictadura no tanto tiempo como acá, pero fue muy dura. Me acuerdo que dentro de todo, no teníamos miedo. El argentino no le tenía miedo y así le fue, porque fueron 30 mil desaparecidos. El argentino lo enfrentaba, el argentino salía igual, vivía casi normal. Yo acá empecé a ver el respeto y el miedo que se tenía a los carabineros. Me llamaba mucho la atención. Porque iba con compañeros a entrenar, veían a los carabineros y les daba miedo. Yo preguntaba por qué les daba tanto miedo. Y me empecé a empapar también de la historia de Chile. Me vine y justo al mes fue la campaña del Sí y el No, y lo único que quería era que ganara el No. Y bueno, fui conociendo la historia, lo que pasaba en Chile, y lo único que quería era que no continuara la dictadura. Porque la conocí de cerca y sabía lo que estaba viviendo el país.
Sabíamos que Colo Colo es el club del pueblo, el equipo de la gente, de los más pobres. Lo que siempre tuve claro, y que siempre tuve conciencia, al igual que hoy, es que hay gente cuya única alegría que tiene es ver ganar a Colo Colo, porque no tiene otra cosa. Porque le cuesta llegar a fin de mes, porque no tiene para comer, porque son colocolinos y la única alegría que tienen es ver jugar a Colo Colo. Eso también me hacía llenarme de energía para no defraudar a la gente. No sé si lo deben sentir ahora los futbolistas actuales. A mí me genera dudas. El futbolista actual está metido en otras cosas. No digo que sea de malo, de maldad, pero me parece que antes teníamos más conciencia del peso de la camiseta y lo que representaba Colo Colo, sobre todo para la gente más pobre.
Nosotros fuimos un equipo más allá de tener buenas individualidades. Éramos no solo un equipo, sino un grupo humano extraordinario. Yo creo que ahí marcamos la diferencia. Porque había un montón de equipos buenos en la Copa Libertadores 1991. Quizás había equipos mejores que nosotros. Pero se formó un grupo y en eso tiene mucho mérito Arturo Salah. Él formó un grupo extraordinario, de buenas personas, buenos profesionales, donde los más grandes, los líderes que tenía plantel, eran todos líderes positivos y ellos tiraban del carro. Nosotros los más jóvenes nos subimos. Era un grupo humano en que, jugara quien jugara, siempre se apoyaba, se respaldaba y me entendí muy bien.

“Nosotros fuimos un equipo más allá de tener buenas individualidades. Éramos no solo un equipo, sino un grupo humano extraordinario”
Yo confiaba tanto en el grupo, porque de repente jugaba el flaco Dabrowski, jugaba el Pato, de repente Rubén, de repente Juan Peralta, Lucho Pérez, el Leo Herrera… nosotros teníamos un grupo, grande y de buenos jugadores. Entonces, nunca pensé en que faltaba Rubén Martínez, el Pato, que no estaba el flaco Dabrowski. Sin dudas que eran jugadores impresionantes y elementales para nosotros, pero en realidad no me puse a pensar eso. Yo me acuerdo, lo hablaba con el Chano Garrido, y le decía: ‘no podemos perder la final. Otra vez no podemos perder la final’. El Chano me decía ‘no vamos a perder, vamos a ganar’. Como que nos dábamos aliento entre nosotros. Y estábamos con mucha confianza. No con exceso de confianza, pero con mucha confianza.
Yo soy muy respetuoso y admirador del Colo Colo 73, sobre todo de los exfutbolistas que hicieron cosas por Colo Colo. Cada vez que venían al camarín, para mí era un placer, un orgullo conversar con ellos. Con Leonel Herrera, con Carlos Caszely, con el Pollo Véliz… soy muy respetuoso en ese sentido. De repente, ahora ni te dejan entrar al camarín. A ese nivel. O no te respetan de la misma forma. No digo todos, algunos. Pero antes era diferente. Antes venía Carlos Caszely al camarín y era como que venía el Rey. Bueno, el Rey del Metro Cuadrado. Pero era respeto, admiración. Y cuando hizo el tercer gol, me acordé del padre del Leo Herrera y le dije que ‘esto era por tu viejo que no la ganó el 73 y la ganamos nosotros’. Ese gol del 3-0 como que nos aseguraba el título.
Hubiese sido una desgracia que justo se hubiesen cumplido los 30 años de la Copa Libertadores y que coincidiera con Colo Colo en la B. Hubiese sido trágico. Te cuento una cosa, no lo dimensioné tanto hasta el partido de definición. Como casi todo el mundo, yo decía que era imposible que Colo Colo se fuera a la B ni que juegue el partido de definición.
Estaba comentando por la radio ese partido de definición entre Colo Colo con la Universidad de Concepción. Y después de que hizo el gol Colo Colo, la U de Conce lo pudo haber empatado en el segundo tiempo. Colo Colo empezó a retroceder, se tiró atrás, y yo pensé que se lo empataban. Y faltando 15 minutos, no pude comentarlo más. Le dije por interno al Pato Muñoz, que es nuestro jefe, que no puedo más. Es más, no quería ver más el partido. Entonces me dijo ‘bien, sale’. Y agarré el auto. Me tenía que ir al canal, apagué la radio, y empecé a dar vueltas con el auto durante 15 minutos. Hasta que terminó el partido, no sabía cómo había terminado. Llegué al canal, pregunté, me dijeron que había ganado y ahí me relajé un poco. Pero me quería morir. Ese partido fue terrible.
Mis hijos me preguntan al día de hoy ‘¿papá, tenés camisetas?’ Les digo ‘no’, nunca cambié, cambié muy pocas camisetas. De partida, cuando perdíamos, me iba al camarín. Ni una posibilidad de cambiar. Inclusive, ni saludaba a los rivales. No me permitía cambiar la camiseta si habíamos perdido, ni tampoco estar contento. Ahora los jugadores se ríen como si nada, cambian la camiseta. Hay otra visión. Tampoco hay que exagerar, pero tampoco lo otro, que te dé lo mismo perder. No cambié en la final de la Copa Libertadores, no cambié en la final intercontinental, ni en la Recopa. No, no cambié nunca.
]]>El ciclo de Arturo Salah fue muy positivo. Tuvo elementos distintivos. Nos permitió a los jugadores ser campeones, lograr buenos resultados. Nos podemos sentir muy tranquilos que en el ciclo del 86 al 90 tuvimos momentos muy buenos y vivimos las frustraciones de los torneos internacionales ¿La más amarga? La de Vasco da Gama en 1990. Pero a partir de ella, se construyó una plataforma y un grupo que ya venía con experiencia, con un buen rodaje, que venía con mucha capacidad, y que tenía el potencial que, favorablemente, quien llegó a continuación, Mirko Jozic, pudo imprimirle el sello distintivo e incorporar lo necesario para potenciarlo aún más. Yo creo que se hizo un buen trabajo, se hizo un buen grupo y se desarrolló a un plantel con, yo diría, muy buena capacidad.
Yo siento que la localía, la comodidad del Monumental, fue desde el primer momento. Colo Colo jugó primero sin la luz, porque queda habilitado el estadio sin luz, y luego ya el 91 juega con la iluminación. Si uno mira los números, jugamos siete partidos de local y ganamos los siete. Y en los siete se convirtieron 20 goles, y solo nos anotaron tres. O sea, los números son demoledores. Y si uno mira y dice que Colo Colo fue campeón el 1991, fue campeón de la Copa Libertadores 1991, y siguió ganando títulos con la Interamericana también en el estadio… bueno, o sea, realmente la reinauguración fue efectivamente bendita.

“Yo creo que el Estadio Monumental hace sentir visitante al rival, pero a uno lo hace sentirse más local”
Yo creo que el Estadio Monumental hace sentir visitante al rival, pero a uno lo hace sentirse más local. El tránsito, el túnel, la salida, los gritos, la efervescencia, la cancha que para nosotros era muy familiar, de verdad nos sentíamos muy cómodos jugando ahí. Por eso yo digo: chuta, en realidad… qué ganas de que ese estadio hubiese podido estar un par de años antes, porque efectivamente fue un ciclo realmente increíble.
Cuando llego a Colo Colo, chico, 12 años, por un torneo que se organizaba de una revista, el año 77, la parte final del torneo se jugó en ese estadio, que se había inaugurado un par de años antes. De hecho, yo jugaba con mi colegio y afortunadamente bastante bien: terminamos en los semifinalistas y fuimos terceros. Así me incorporo a Colo Colo el año 77, y tenía como incentivo viajar con la segunda infantil, que había jugado ese año y que iba a un viaje a Argentina y Uruguay. Mi aproximación a Colo Colo fue jugar ese partido en ese estadio cuando era puro cemento y nada más. Y después sentir que en ese lugar estaba jugando la final de una Copa Libertadores, chuta… era: esto es de verdad, los sueños sí se cumplen.
Crecí viendo al Colo Colo 73 pidiéndole a mi papá que me despertara para verlo en la televisión en blanco y negro, y con la paciencia que había que tener para que los televisores prendieran. Y después sentir que yo estaba en la cancha ¡en una final de Copa Libertadores! Entonces, lo que me pasó es que cuando hace el gol Leonel Herrera, el 3-0, de alguna manera como que miraba todos los recuerdos desde que llegué a Colo Colo: los entrenadores, compañeros, los técnicos de inferiores, tantas horas, tanto tiempo, quienes no estaban en ese momento con nosotros, quienes no aparecían en el poster, en la foto o en la actividad… a mí se me pasó todo eso en esos cinco o seis minutos. Seguía en el partido, pero mi cabeza estaba rodando con otra información, con otras emociones, con otros recuerdos, con los jugadores que se habían ido, con otras etapas.

“Colo Colo me ayudó en mi formación personal, profesional y deportiva porque me permitió estudiar mientras jugaba fútbol”
Colo Colo me ayudó en mi formación personal, profesional y deportiva porque me permitió estudiar mientras jugaba fútbol. El 84 entré a la universidad, egresé el 89, y me titulé el 90. Y eso tiene un tremendo valor. Ni antes ni ahora era fácil compatibilizar estas cosas. Agradezco a los cuerpos técnicos que tuve en ese momento, a mis compañeros que me incentivaron, y al club.
Las camisetas eran contadas y tú estabas advertido que si llegabas a cambiar una, te iban a cobrar el juego completo. Entonces, no pasaba. Menos para nosotros. La implementación era distinta, de otro nivel. Yo recuerdo camisetas que transpirábamos y terminábamos con la camiseta pegada al cuerpo, porque eran materiales distintos, tecnologías distintas, era de otra época.

Hay quienes extrañan o desearían que mantuviera un poco ese romanticismo del fútbol de antes, esa forma menos “comercial”, pero efectivamente el fútbol ha tenido un desarrollo increíble. Quienes vivieron muchas situaciones de contratos, de incumplimiento, demoras, en quedar mucho tiempo sin competir, claramente ninguno quiere ni nadie desearía volver a ese capítulo anterior. Creo que ha habido avances. Por supuesto que se podrá perfeccionar, se podrá mejorar, pero creo que hoy día el fútbol es una actividad mucho más profesional y debería seguir transitando incluso a un estándar superior.
Estrella Roja tenía un muy buen equipo. Eso es verdad. Pero yo creo que nos quedamos con un saldo en contra, de juego, de intensidad. Pero bueno, afortunadamente sí lo pudimos compensar ganando la Interamericana al Puebla y especialmente con la Recopa Sudamericana. Porque si había un equipo que había puesto a Colo Colo en dificultades, le había ganado acá o lo había eliminado acá, ese era Cruzeiro.

“La diferencia entre que pegue en el palo y entre y que pegue en el palo y salga, es todo. Es todo”.
Con Cruzeiro esa diferencia de que pegue en el palo y entre y que pegue en el palo y salga, es todo. Es todo. Esa experiencia también fue potente porque estábamos solos en Japón: éramos el plantel y los directivos que estaban. Jugar con 12 horas de diferencia, con un estadio que estaba lleno, con un equipo que era muy fuerte, que nos puso en problemas… ellos perdieron un penal en el partido. Muchos hacíamos bromas porque ese fue “el” penal que “tapó” Morón que, en realidad, no lo tapó: pegó en el palo. Hacíamos bromas con Daniel. Y fue Mirko quien toma la decisión de cambiar a Daniel para la definición a penales y entra Marcelo Ramírez. Y cuando conversamos de los compañeros, él tenía unas cualidades para los penales también muy marcada. Y entró con mucha seguridad. Tapó uno y ganamos.
Yo creo que cuando uno crece en una institución, uno tiene un sueño. Yo vi jugar a Colo Colo 73, me formé en Colo Colo, y tengo muy marcado el día en que debuté, curiosamente en un partido amistoso contra Olimpia de Paraguay en el Estadio Nacional, cuando reemplacé a Severino Vasconcelos. Yo me cambié rápido en el camarín y salí a tomar la micro porque quería llegar a mi casa a ver lo que había pasado. Como que no le terminaba dando la validez a lo que había vivido, necesitaba verlo. Bueno, y eso fue tan especial porque mi sueño era jugar en Colo Colo. Y mi sueño no solo se vio cumplido, sino amplificado por jugar una final de la Copa Libertadores y ganarla.
]]>Yo nací en Sewell. Soy Sewellino, uno de los pocos tantos, mil y tantos, que podemos decir que nacimos en Sewell. En el campamento La Escalera. Pero a los cinco años se divorciaron mis papás. Me fui a vivir con mis abuelos, y mis abuelos bajaron a Graneros. Me siento honrado de ser de este pueblo maravilloso. Vivo ahí.
La disciplina de un europeo al que no se le entendía nada y al cual yo conocí antes de llegar a la pretemporada porque me citó a su departamento ya que me quería conocer. Eso fue impactante, de mucho nerviosismo el encuentro de Mirko Jozic. Llegué muy asustado. Pero a la vez cuando apareció, fue como una imagen iluminada. Me apareció el Iluminator, el hombre que me dio la energía, la confianza, la seguridad. Me dio la fuerza, me dio más garra que la que tenía, y la posibilidad de ser que lo que logré y lo que fui ese año 91.
Nosotros habíamos terminado un proceso con O’Higgins de Rancagua en una liguilla de Copa Libertadores que, afortunadamente, no se dio a favor nuestro en el caso de O’Higgins. Íbamos ganando 1-0 y estábamos clasificando a Copa Libertadores del año 91. Y nos empata al último minuto Católica. Con eso ninguno de los dos clasificamos y sí clasificó Deportes Concepción, que estaba en la galería del estadio. Y ese fue el paso a Colo Colo. Por eso digo: cuando los astros se alinean… estaba todo preparado para lo que venía adelante porque eso me dio la oportunidad de llegar a Colo Colo el año siguiente.

“Me apareció el Iluminator, el hombre que me dio la energía, la confianza, la seguridad. Me dio la fuerza, me dio más garra que la que tenía”.
Me salía muy fácil irme de Graneros a La Leonera en vez de irme desde Santiago. Para mí fue deslumbrante llegar a la pretemporada. El hotel de La Leonera siempre lo conocí por fuera, porque desde niño fui a La Leonera, pero a bañarme al río. Nunca entré al hotel. Ese año tuve la posibilidad de llegar a ese hotel y a la gloria de ver a mis grandes ídolos y a mis grandes referentes, sobre todo el Chano, que era mi referente máximo por el puesto que jugaba. Él siempre cuenta la misma historia y la va a contar hasta el día de nuestra muerte: yo llegué al camarín y cuando me estaba vistiendo, lo miraba para el lado. Lo miraba, me estaba vistiendo, me estaba poniendo la camiseta, las medias, los zapatos y lo miraba y lo miraba. Hasta que cuando ya después con la confianza que se dio me dijo ‘oye indio ven pa’ acá. Siéntate a mi lado’. Me senté al lado. ‘¿Qué pasa Chano? ‘Tócame. Tócame ¿Viste que soy de carne y hueso? Pa’ qué me mirai así tan… soy de carne y hueso, soy igual que vos así es que anda a equiparte’.
El Chano, en la historia de Colo Colo, hubiera aparecido como el mejor lateral de todos los tiempos. Mi escalafón era Mario Galindo, el Chano Garrido, y en tercer lugar venia yo. Pero como el Chano pasó de líbero, chao, pa’ fuera. Entonces, está Mario Galindo y después vengo yo. Quedamos solamente dos.
Mirko llamaba en la pretemporada a los jugadores. Los iba llamando de a uno y les iba diciendo, por ejemplo a Morón: Morón, tú vas a ser titular este año y quiero que tú ordenes, que marques, que seas la palabra… y le daba indicaciones. El 92 me llamó al último y él me dijo ‘tú no eres un jugador normal para mí. Tú eres el hijo que perdí en la guerra’. Y eso me erizó, al igual que ahora. Le pregunté por qué me decía eso. Me dijo que yo no era un jugador, que yo era su hijo, y que donde estuviera yo iba a ir con él. Y la típica del chileno: nos arrancamos de la concentración y habíamos tenido la conversación en la tarde. Nos arrancamos en Codegua. Veníamos de jugar en España… ¡Arráncate en Madrid poh! Pero nos arrancamos en Codegua. Cuando llegamos, me mandaron al frente y me dijeron que fuera a hablar con Mirko. Tengo latente el recuerdo de que me dijo que todo lo que hablamos en esa tarde ‘olvídalo. Lo perdiste todo en una noche’. Así fue. No fue lo mismo, era un jugador más. Si me tenía que sacar a los 20 minutos me sacaba. El 92 cambió la mano.

Coca se hizo muy reconocido, mi sobrenombre, con el tiempo. Cuando llegué a las cadetes de O’Higgins, un compañero, el típico compañero del camarín, el chistoso, el de las tallas, que es el Loro (Luis) Medina, que siempre se lo adjudico, y que jugaba de lateral derecho, él me puso Coca Guazzini. Yo sé que ella es una actriz maravillosa, además de talentosa, es muy bella. Creo que se debe sentir un poco, ojalá que no, molesta. Ojalá que no se moleste porque es otra cosa y el Coca en el fútbol es otra cosa. Pero por eso me pusieron Coca, por esa actriz. Porque yo, delgado de cara, tenía otro corte de pelo…. Ahora, el que me dice Pelao, es de mi pueblo. En Graneros todos me dicen el Pelao Mendoza.

“Porque yo, delgado de cara, tenía otro corte de pelo… el Loro Medina me puso Coca Guazzini”.
El 2005, cuando estaba en La Granja VIP, Mirko Jozic llegó a Colo Colo y reclutó a muchos del 91 para poder trabajar en las cadetes. Él preguntó por mí y le contaron. «Este muchacho loco no cambia, no cambia, muchacho loco ¿qué está haciendo ahí?», dijo. Terminó el reality, estuve una semana afuera, y lo vine a ver porque Mirko se devolvía a Croacia. Y lo vine a ver al hotel. Y cuando veo a Zorana, ella se puso muy contenta y me dijo que Mirko se había acordado harto de mí, y yo le dije que me he acordado de él. Y me dijo que ya venía. Y fui a verlo al ascensor, me vio Mirko, salió del ascensor, y nos pusimos a llorar los dos. Y eso demuestra el afecto que nos tenemos, que hasta hoy me emociona, y que el cariño perdura.
Tiene pacto con el diablo Mirko. No cambia. Yo le dije ‘Mirko, ¿qué hacís? Dame esa receta’. Me dijo: ‘ya te la di’. Y no sé… yo creo que sí.
]]>En Argentina me decían el Huevo. El Huevo Frito me decían al principio, porque era bien amarillo… tenía, porque ahora tengo el pelo blanco. Ahora quedó la yema nomás. Tenía el pelo bien rubio. Entonces, me decían Huevo Frito. Y después con el tiempo me abreviaron. En Unión (de Santa Fe) me decían Huevo. Y aquí cuando llegué, el Loro.
Yo soy mendocino. Por las noches, se sentían más las radios chilenas que las de Buenos Aires. Entonces, yo sabía qué es lo que era el fútbol chileno, y algo que me llamaba la atención —y me reía mucho— era que un equipo se llamara Huachipato. Era extraño, muy extraño para mí que un equipo se llamara Huachipato. Pero Colo Colo, Cobreloa en ese momento, a mí me sonaban mucho. Y cuando estás en el fútbol, sabemos cuáles son los mejores equipos de cada país, qué es Peñarol, Nacional, qué es Boca, qué es River, que es Colo Colo, qué es Cobreloa, que en esa época que había irrumpido… Cobreloa era uno de los equipos que se sentían de la zona.
Cuando llegué a Chile, me encontré con un país que estaba todavía en un proceso militar, que tenía algunas restricciones, que había algunas corridas por las calles. Como éramos mendocinos, mi señora veía permanentemente el tema de las corridas, del guanaco, todo esto, el tema militar. Teníamos a Matías, que tenía cuatro meses de nacido. Entonces, como que ella no quería mucho venirse a Chile. Pero cuando me dijeron Colo Colo, agarré la maleta… y me vine contra todo, contra mis amigos, contra mi señora, a quien al día de hoy le digo ‘mirá qué hubiera pasado si me quedo allá’. Ese era un poco el tema del país que nos encontramos cuando llegamos.
Algo que se me despertó acá fue el tema del achique. Yo no era un tipo que me caracterizara por el achique. Eso fue una cosa que se me despertó acá que, pucha, sé que fueron muchísimas veces las que gané. Pero lo mío, lo que me gustaba, era el juego aéreo. Y yo me sentía imponente. Es más, en las noches soñaba que levitaba. Te juro. Estaba durmiendo y sentía que saltaba, me sostenía en el aire y estaba tomando la pelota. Era increíble. Pero también me mataba trabajando con saltos por todos lados. Yo saltaba. Cuando estaba en Mendoza, mi señora vivía a 40-45 cuadras del estadio donde yo vivía. Me iba caminando. En Mendoza, todas las veredas son anchas y con muchos árboles. Entonces, en cada cuadra, saltaba siete, ocho veces a las ramitas. Saltaba, a cabecearla, a tocarla. Me iba poniendo metas. Entonces, imaginate todos los días, qué se yo, 200-300 saltos que hacía con una pierna, que hacía con la otra. Yo trabajaba con las dos piernas. Aparte del entrenamiento que hacía. Era algo divertido, que me entretenía, y que me servía porque era una distracción caminarse 40 cuadras. Cuando vos vas entretenido haciendo estas cosas, es más llevadero.
Yo soy de campo, campo, campo. Soy mendocino, a la línea de Rancagua si pasas una línea recta. Y a cinco kilómetros más o menos de la cordillera vivía yo. Yo siempre cuento una historia y mis compañeros se ríen porque ya hago charlas con colegios, me dedicaba a eso antes de la pandemia. Y yo cuento que nací en casa con piso de tierra, como en el campo, como aquí muchos años atrás se vivía, en casa con piso de tierra. En mi casa no había agua dentro de la casa. Había un grifo fuera y había que ir a buscar el agua para cocinar, para hacer el aseo.
La de Balán González era la última jugada del partido. Tampoco es que haya tenido un gran pensamiento. No tenía que pensar tanto la jugada, porque uno en el arco no piensa, reacciona. Y en esa jugada, primero que todo, yo sentía que 1991 fue uno de mis mejores años en el sentido físico, de atención, y técnico. Entonces me sentía muy bien. Y cuando uno se siente bien, te sientes imbatible. Y siendo arquero, sentí esa sensación muchas veces. Sabes que te pueden hacer goles, pero que esos goles no van a ser responsabilidad tuya. Y en esa tapada me recuerdo que le llega la pelota a Balán González, y de una distancia larga, está fuera del área chica… lo que sí fue bien contra el palo. No la alcanzo a tapar en una primera instancia. Alcancé a poner la mitad de los dedos y la pelota se fue por sobre la línea, y ahí la volví a tomar, pero entendiendo que fue con el máximo de mi esfuerzo. Desde que el tipo cabecea, hago el gesto, el empuje para ir a buscarla.

“En las noches soñaba que levitaba. Te juro. Estaba durmiendo y sentía que saltaba, me sostenía en el aire y estaba tomando la pelota. Era increíble”.
La atajada a Balán González para mí fue la mejor de esa Copa. Hay atajadas que tienen distintos sentidos en lo que significa para el arquero. Yo en esa atajada llegué con el máximo de lo que tenía. Vamos a poner otra atajada, que fue el achique a Batistuta. Ese achique tuvo mucha trascendencia dentro del partido y dentro del fútbol, y todos se acuerdan de esa atajada. Pero yo no me exigí en el máximo de mis condiciones para hacer ese achique. Simplemente fui jugando con la distancia cuando él iba avanzando, cuando él iba adelantando el balón. En medida que un delantero se va acercando al arquero, cada vez tenés más posibilidades tú de ganar que él de hacer el gol, porque mientras más cerca estás, menos ángulo tiene, se le va reduciendo el ángulo. Entonces, fue una forma de jugar a llevarlo a lo que yo quería.
Tengo muchísimos amigos en Chonchi, en la isla de Chiloé. Conozco las diez comunas de la isla, pero en Chonchi es donde yo voy, paro, me quedo, y tengo mis amigos. Y por ejemplo, en uno de los quinchos de mis amigos, tienen un cuadro donde tienen las fotos del día que vinieron a ver el partido de la final. Tienen la entrada y un montón de retratos en el estadio, en el camino… es una cosa increíble, y te cuentan la historia cómo hicieron el viaje, los días antes que se fueron ¡Cómo puede ser! Eso se repitió en muchos lados. Illapel está en un valle, abajo. Cuando jugaba Colo Colo desde Nacional para adelante, cuando ya había empezado la efervescencia, quedaba vacío el pueblo. Vacío, vacío, vacío. Se subía todo el pueblo a la cumbre porque la señal televisiva les pasaba a ellos por encima. Entonces, con camionetas, con camiones, con baterías, con televisores y con la antenita empezaban a buscar la señal… y te contaban: ¡toda la gente de Illapel metida en los cerros arriba! Lo que provocó ese equipo… lo que provocaste vos dentro de la cancha. Es una cosa increíble. De verdad me emociona cuando la gente te cuenta esas cosas. Los Muermos está a 60 kilómetros de Puerto Montt y no tenían señal televisiva. Entonces, arrancaban y se iban a Puerto Montt a ver los partidos. Increíble.
Todo eso le da un condimento mucho más sabroso a todo esto. Porque si hoy llegara un equipo a ser campeón, seguramente que también sería una cosa estimulante para el pueblo, para todo. Pero como hoy todo lo tienes a la mano, ‘no voy al estadio pero veo el partido en la terrible pantalla, como que estás dentro de la cancha’. En esa época lo veías en un televisor blanco y negro, chiquitito así, y que se llenaba de rayas porque no agarraba la señal. Y cagado de frío, viendo la final en diferentes lugares.
]]>Venía de Universidad de Chile. Mirko Jozic había tenido un cierto seguimiento en los últimos partidos. Entiendo que Mirko le preguntó a Raúl Ormeño y a Lizardo Garrido si me veían en este Colo Colo, si podía meterme en la idea de esfuerzo, sacrificio, de renovarme en términos futbolísticos. Era una apuesta para sacarme el óxido y ser parte importante en Colo Colo que se proyectaba con mucha fuerza y con mucho vigor, diría yo, para intentar ganar la Copa Libertadores de América.
Saliendo de Universidad de Chile, llegué para el segundo ciclo de Colo Colo en La Leonera. Por términos económicos, había bloques de trabajo en una semana. Yo me integré y me di cuenta que el trabajo que venía era duro, pero siempre con el objetivo. No es que fuera este ‘castigo’, ‘este trabajo’, ‘te exijo porque yo funcionó así’, sino que ‘todo lo que ganemos en ese momento nos va a servir para estar en lo más alto’.

“Entiendo que Mirko le preguntó a Raúl Ormeño y a Lizardo Garrido si me veían en este Colo Colo”.
Dejamos de lado las grandes distancias por los circuitos de potencia, fuimos aumentando la velocidad y disminuyendo los metros. Fue algo revolucionario, creo yo. Teníamos un cerro que era tremendo, que era una cuestión en La Leonera que te moríai. Y en eso fue fundamental la motivación que nos entregaba Marcelo Oyarzún, y el tener chicos superdotados. Es decir, el Coca Mendoza, Javier Margas, Miguel Ramírez eran chicos de verdad superdotados que, para los que ya teníamos cierta edad, de verdad era una motivación. Antes, cuando tú eras joven y estabas trabajando más que el promedio, te decían ‘hey, para, para’. Y uno paraba. En cambio, estos te decían ‘vamos que ustedes pueden también, que llevan años en el fútbol’. Entonces, eso fue como clave en la motivación. Y verlos con la alegría… trabajábamos la parte física, la más intensa, con una alegría y una concentración, pero básicamente con la alegría de saber que en ese momento estábamos cargando los tanques de combustible hasta el máximo para llegar a la final. En definitiva, era eso. Ese era el pensamiento.
Para mí fue muy cómodo integrarme en Colo Colo porque estaba Lizardo Garrido y Raúl Ormeño, a quienes conocía pues habíamos estado a nivel de selección. Yo conocí al plantel unos años antes en Portugal, cuando Colo Colo fue a jugar unos partidos, así es que más o menos los conocía. Sabía. Y ellos me integraron de manera rápida. Ellos fueron fundamentales. Me acuerdo que me subí al bus y empezaron las bromas camino a La Leonera. Al tiro. De manera inmediata. Y ahí se empezaron a sumar otros, los fui conociendo. En fin, tuve una adaptación muy rápida. Además, mi personalidad era muy extrovertida, de hacer lote, de la broma. Me gané hasta apodos con esa forma de ser. Hicimos un lindo grupo. En verdad, si a uno le preguntan las claves o ‘dame tres puntos para conseguir el objetivo’, yo te diría que la amistad. Ojo, que no era una amistad para ir a comerse un sandwich o para ir a tomarse una cerveza. Era una amistad en la pega, y eso es más difícil de conseguir.

“Antes, cuando tú eras joven y estabas trabajando más que el promedio, te decían ‘hey, para, para’. Y uno paraba. En cambio, estos te decían ‘vamos que ustedes pueden’”
Obvio que me hubiera gustado estar en la final, pero ¿sentirme frustrado? no, porque hubo diferentes partidos, diferentes responsabilidades para llegar a la final, y hubo ausencias que fueron importantes a como partió Colo Colo y como terminó la final contra Olimpia. El Coca se lesionó, Rubén Martínez no pudo jugar porque lo habían expulsado, yo estaba expulsado y más encima lesionado… entonces, cuando tú ves que los que ingresan tienen la misma respuesta, no sientes frustración porque es todo un grupo. No es una cuestión de que ‘yo fui protagonista’. No poh: Fuimos. Fuimos protagonistas, aunque hubo puntos altos, pero todos fuimos protagonistas. Inclusive aquellos que no jugaron. Inclusive aquellos que entraban en el segundo tiempo. ¿Me perdí la final? Sí ¿Me hubiera gustado estar? De acuerdo. Pero nunca sentí la frustración porque conseguimos la Copa.
La mayoría de nosotros estudiamos en escuelas con número. Cómo me voy a olvidar de la Escuela 51 de Quilpué, en Las Rosas. El colegio y los profesores eran un apéndice de la casa. Te enseñaban también comportamiento, valores, a ser íntegros. No solo a sumar y a restar. No sólo te enseñaban historia, geografía. Entonces, esa educación yo creo que todos la tuvimos.
Con el Coca Mendoza fue muy fácil trabajar. Él era un hombre directo, rápido, tenía una visión periférica muy clara de lo que el equipo necesitaba en su momento. Con el Coca logramos un entendimiento por el sector derecho. Nosotros nos mirábamos con Gabriel y yo sabía cómo él venía: si venía con marca, si venía solo, si venía suelto, si venía sin marca, o me abría si él marcaba una diagonal, o yo me cerraba para darle la pasada. Es decir, hubo un complemento que se dio de manera natural. Lo conversamos en algún momento, pero se dio de manera natural. Era fácil jugar, era directo, me entendía a mí como yo jugaba en este equipo. Yo no era de amagar, no era de enganchar, no era de esperar, era de buscar duelos. Y el Coca también era de buscar duelos. Es decir, nuestra pega, nuestra misión, era ser especialistas en los duelos. Esa era la idea.
Vi los últimos minutos contra Olimpia con Hernán Romero, el utilero. Y lo vi en el vestuario. Es decir, lo escuchamos en el vestuario porque en ese momento, cosa increíble, no tuve donde ubicarme en el Estadio Monumental. No teníamos un asiento. Estaba lleno. Sí me fui a comentar a una caseta, con dos emblemáticos colocolinos: con Carlos Humberto Caszely y con Vladimiro Mimica. Con ellos estuve apuntando un par de cuestiones, pero ahí vi el partido. Entonces, ya cuando quedaban 10 o 15 minutos, dije ‘me voy al vestuario, me voy al camarín’. Y ahí escuché los últimos minutos. Y ahí le digo a Nano ‘¿qué vas a hacer tú? ¿vas a ir a la celebración? Porque yo voy a tratar de sacar el auto’. Y de repente me dicen ‘te están llamando, hay que recibir la medalla’. Y yo me estaba yendo. Por eso aparezco al final. Y ahí salí a recibir la medalla. De hecho, en la celebración no tengo ninguna foto con la Copa en mis manos. No tengo ninguna. No sé si hay alguna, pero yo creo que no. Increíble, porque acompañando a los que estábamos ahí, estábamos todos, los que no habían jugado… dejamos que el protagonismo lo llevaran los que estaban en la cancha, en definitiva.

“¿Me perdí la final? Sí ¿Me hubiera gustado estar? De acuerdo. Pero nunca sentí la frustración, porque conseguimos la Copa”.
Dimos la vuelta olímpica y después nos costó mucho llegar al lugar donde había una cena. Costó mucho. Había mucha gente. Hubo algunos destrozos, barricadas, con el afán de celebrar. Llegamos muy tarde a cenar.
Me conmueve mucho cuando tengo que hablar de un Chano Garrido o de un Raúl Ormeño, gallos identificados con la camiseta. Identificados desde que eran chicos. Identificados poh. No me voy a olvidar nunca en la final con Estrella Roja ese año cuando me habían pegado una sarta de patadas y Raúl Ormeño encaró al gallo que me había pegado: ‘oye, hazte el choro conmigo’. Imagínate, no entendía nada. Y le fue a dar. ‘Párala poh’. Entonces, esa cuestión de sentir la camiseta… uno era más nuevo, la mayoría se había formado ahí. Eso también contribuye a que obtengas el éxito. Entras a un vestuario y te alineai o cerrai la puerta por fuera sin que te lo digan. Está ahí, en los valores. Por eso hasta el día de hoy nos juntamos, nos vemos, nos escribimos. Y aunque sea el más ausente en todas las comunicaciones, nos vemos, nos abrazamos y caen un par de lágrimas. Caen un par de lágrimas porque va a ser algo eterno poh. Un Colo Colo eterno.
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